Dame tu pesadilla. ¡Desafío aceptado!

            Me he venido arriba. Lo reconozco. Me he venido arriba y vosotros habéis sabido aprovechar la ocasión. Todo empezó a finales del mes de diciembre. Cristina Selva y yo estábamos presentando nuestro libro de relatos Crudos Sucios Sangrientos en Lorca. Nuestro amigo el periodista Jorge González, siempre dispuesto a ayudar a los escritores, estaba haciendo una introducción con esa voz suya fuerte, seductora… en un momento dado se apagaron las luces y empezó a proyectarse el booktráiler.

            (ÉSTE es el booktráiler por si queréis verlo antes de seguir, aunque os advierto de que da mucho miedo).

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            La sala de actos estaba a oscuras; cerca de cincuenta cabecitas miraban el booktráiler proyectado en una pantalla a espaldas de la mesa en la que estábamos Cristina, Jorge y un servidor. Cabecitas que se echaban hacia adelante para leer algunos rótulos y salían proyectadas hacia atrás, al unísono, tratando de escaparse de los horrores que aparecían en el vídeo como aquellos antiguos espectadores del cinematógrafo aterrorizados por la primera grabación de la llegada de un tren a una estación.

            En un momento dado dejé atrás al Antonio que presentaba un libro y volví a ser el de siempre, el periodista con miles -¡qué digo miles; millares!- de ruedas de prensa a sus espaldas.

            Me imaginé que llegaba a un salón de actos, sin duda en una tarde con lluvia, con la proyección ya empezada. Una conferencia cultural, cualquier cobertura de circunstancias para terminar de llenar las páginas de una revista… imaginé que entraba a oscuras, que me sentaba a tientas en una butaca, en las últimas filas para poder marcharme sin ser descubierto cuando hubiera conseguido información necesaria para cubrir el expediente…

            Me imaginé a continuación descubriendo que todas las demás personas de aquella sala estaban muertas… que eran cadáveres desenterrados unos días después de lo que aconsejaba la salud pública…

            Peligro: No hay suelo tardó en escribirse un mes y medio. Al menos la primera versión, a la que en estos días le estoy metiendo las tijeras, el típex -qué antiguo suena el típex en los tiempos de Internet- y la cinta americana. Una decena de relatos, muerto más muerto menos, que salen a la luz durante la sobremesa de una comida de periodistas lorquinos, o más bien del pueblo de al lado, San Ginés.

            Si hubiera sido capaz de quedarme ahí, mi futuro inmediato no se presentaría tan oscuro. Pero me picó el gusanillo de la creación a muchas manos, de la orgía imaginativa -las únicas orgías en las que nos aceptan a los cutres-; Peligro: No hay suelo había sido una obra coral, aunque todos los personajes hubieran salido de mi mente. Había que dar un paso más e invitar a los amigos, a esa gente que emplea su tiempo en leer mis paridas.

            Así que os reté. Dame tu pesadilla, os dije; coged a vuestro personaje preferido, buscad un escenario que os anime, os dé miedo, os seduzca, os ponga cachondos… ponedle delante de un monstruo y sumadle al evento vuestro fetiche favorito, la palabra sin morigeración, el guiño, el cameo. El tigre de Borges, el austrohúngaro de Berlanga, el Rosebud donde metía la cabeza aquel cacique de Hearst.

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Rosebud, qué pijo

            Le hice un pulso a los lectores, y los lectores ganaron… o eso creen ellos.

            El primero en reaccionar fue Juan Antonio, que sin moverse de su Lorca, nuestra Lorca, echó el reloj atrás y me propuso que Fajardo el Bravo se enfrentase al espectro de la última guardia en la Lorca medieval, llevando consigo un alfanje. Bueno. Se podía hacer. El Porche de San Antonio aún sigue entre nosotros, cerrando el paso en recodo, así como la Torre Alfonsina, y el lugar histórico de la batalla de los Alporchones, donde los cristianos le arrebataron la ciudad al Islam, abriendo las puertas de Andalucía, es lo primero que veo en el horizonte cuando subo la persiana de mi despacho-trastero.

            El siguiente fue David, el profesor madrileño con el que comparto apellidos, manías y ADN. Se desplazó hasta la batalla de Teruel y me desafió a soltar en el campo de batalla a un soldado de la Guerra Civil con los dos pies amputados por una necrosis, y a un ser carroñero que se come los desperdicios de los hospitales. Morigeración, hermano. Morigeración. Como fetiche, un puerco o la palabra “puerco”, sin duda una referencia a sí mismo más que a mí.

            Las hondonadas de hostias, como decía el maestro Pazos, me fueron llegando de todos los puntos cardinales. Ager, escritor de fantasía capaz de pergeñar frikismos en castellano, euskera y klingon, sugirió que Sheldon Cooper se enfrentase a una profesora de colegio con el aliento fétido en la Tardis del Doctor Who, con una camiseta del Athletic, o, como diríamos los catetos, “del Bilbao”. Monty, el lorquino que ha llegado más lejos -ha estado en los cinco continentes y en la Antártida- optó por Miguel de la Quadra-Salcedo, un oso de peluche, el País Vasco de los años treinta, una bolsa de pipas y la palabra Mesmerize. Joan, compañero de tantos años, quiso enfrentar a una diva pasada de moda con una medusa terrestre, gigante y babosa. En la Florencia del Renacimiento y ante la presencia de la cabeza reducida de un Papa. Una pretensión ante la que sólo cabe defenderse respondiéndole que en su pueblo atan los perros a los árboles incluso en el escudo. Y desde la capital del reino, Dany, el cineasta exiliado, me sugirió que yo me enfrentase conmigo mismo, en Lorca y con un micrófono con forma de pene. En qué estaría pensando el tío.

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No saben beber y luego se les ocurren cosas raras 🙂

            Las últimas sugerencias han sabido estar a la altura de las aberraciones anteriores. Jesús el Nota me ha desafiado a enfrentar una cucaracha gigante con el payaso de It, en una fábrica gigante y acompañado por aquel antiguo anuncio de las muñecas de Famosa. Mónica ha apostado por un psicópata o vampiro contra una mujer pelirroja, en una aldea boscosa de la Edad Media y con templanza. Mientras que Sneabky me ha retado a viajar hasta Islandia para enfrentar a un petimetre con un solífugo, con una piedrecilla de lava en forma de martillo de Thor, en el bucólico pueblecico de pescadores de Reyoarfjörour.

            Si éstas son vuestras pesadillas, yo me río de ellas.

            Esperad un momento…

            ¡¡Desafío aceptado!!

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            Entro en vuestros sueños, cojo a vuestros bichos del pescuezo y me río. Habéis jugado con fuego y yo os digo… ni voy a hacer un sorteo, ni voy a escurrir el bulto. Me quedo con todas vuestras pesadillas. Con cada una de ellas haré un relato de terror, más o menos largo, muy o nada convincente, pero con una gran ilusión. A ver si soy capaz de llegar más allá de dondequiera que os lleven vuestros malos sueños. Y también os prometo, Juanan, David, Ager, Joan, Dany, Monty, Jesús, Sneabky, Mónica… os prometo que vosotros seréis parte de vuestra propia pesadilla, y quizás muráis en el intento.

            Como ando medio atontado se me había pasado por alto la aportación de Bea: una mujer que se enfrenta al fantasma de una niña… una niña muy especial. Y ello con el trasfondo de un hospital de monjas, uno de aquellos nosocomios -la palabra en sí ya da miedo- de habitaciones frías, jeringuillas afiladas y permanente olor a alcohol.

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            Me pongo manos a la obra y me doy de plazo hasta el verano, porque en el ínterin uno tiene que hacer otras cosas, como fingir que trabaja. Una bonita segunda parte, coral, para este nuevo conjunto de relatos.

            Y luego está el cuento de los girasoles, que fue una idea de mi hijo Antonio, porque, como le dio por imaginar, ¿es el sol quien mueve a los girasoles, o son éstos los que le guían en su trayecto por el cielo?

            Seguiremos informando. Gracias, como siempre, por vuestro tiempo. Y por esas pesadillas 🙂

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