Czeslawa: una niña más en Auschwitz

         Está muy seria porque acaba de llegar a Auschwitz, tiene el labio roto porque le han golpeado con un palo y la nariz roja porque hasta hace poco estaba llorando. De esta manera pasa Czeslawa Kwoka a la posteridad, en la ficha de ingresos que los nazis hacían a los presos; sólo a aquéllos seleccionados para trabajar hasta la muerte porque los demás, los que no reunían condiciones para convertirse en mano de obra esclava, se fueron directamente a las cámaras de gas.

         Hoy, 12 de marzo, hace 74 años que fue asesinada esta chica cuya historia es muy similar a la de los 230.000 niños y adolescentes, la mayoría de ellos judíos, que terminaron en Auschwitz.

         Nació en una familia católica en un pueblo polaco, cerca de Ucrania, llamado Zlojecka Wólka, que fue invadido por los alemanes. Después de presenciar las primeras matanzas –los comunistas, los judíos, los opositores polacos–, los supervivientes, inofensivos, indefensos, fueron amontonados como bienes sin valor dentro de vagones de ganado cerrados desde fuera, empezando viajes infernales de cinco, diez, doce días… sin comida, sin agua, sin ningún tipo de higiene o de calefacción.

         Cuando llegaron al campo, los SS hicieron la selección: éstos morirán ya, los otros a trabajar hasta que revienten. Primo Levi, que también estuvo preso en Auschwitz, recordaba que a veces las selecciones eran absolutamente arbitrarias: los nazis abrían al mismo tiempo los dos laterales de los vagones; quienes salían por un lado iban al campo, quienes salían por el otro, a las cámaras de gas. Ancianos, madres con niños, discapacitados, enfermos… fueron envenenados masivamente, aldeas enteras, en las cámaras de gas, y sus cuerpos fueron quemados en los hornos crematorios.

         Cuando llegó al campo, de la mano de su madre, Czeslawa tenía catorce años. No sabemos si viajaba también con su padre, con los abuelos, con otros hermanos, con los primos… la guerra y el Holocausto se tragaron para siempre a miles de personas.

Ausch Kwoka

         Czeslawa mira a la cámara de fotos con la seriedad de la edad adulta. La acaban de marcar con un tatuaje en el brazo: lleva el número 26.947, que de ahora en adelante sustituirá a su propio nombre frente a todos los demás, a excepción de su madre, a quien han tatuado el número anterior. Han cortado su pelo a trasquilones, en cadena, ha tenido que desnudarse frente a todos, hombres y mujeres, y le han dado un uniforme –de presidiaria; a ella, que no ha hecho nada malo– que ya ha sido utilizado varias veces y que es notoriamente más grande que ella. Quizás con la ayuda de la madre ha encontrado una especie de alambre y ha conseguido cerrarse la chaqueta.

         Y luego las SS la han enfrentado a otro preso, el fotógrafo Wilhelm Brasse, al que por el momento han perdonado la vida para que documente la entrada de los presos.

         A pesar del tiempo transcurrido, y de los miles de infortunados que tuvieron que ponerse frente a él, Brasse recordó a aquella adolescente y contó su historia años más tarde: Era muy joven y estaba asustada. Acababa de llegar al campo y no comprendía lo que estaba pasando y por qué la estaban tratando así. Al ver que no entendía el alemán, una Kapo –una prisionera que conseguía algunos privilegios maltratando a sus compañeros de infortunio– le golpeó la cara con un palo. Entonces esa chica tan bella comenzó a llorar pero no pudo hacer nada. Ni yo tampoco, porque me habría costado la vida. Por último, antes de sacarse la foto, la chica se limpió las lágrimas y la sangre del labio.

         Pese a su pasividad forzosa, cuando llegó el momento el fotógrafo desobedeció las órdenes de los SS, que querían destruir toda la evidencia de sus crímenes, y salvó miles de negativos que están ahora en Auschwitz y han podido preservar la memoria de las víctimas.

         De los 230.000 niños y adolescentes que fueron internados en Auschwitz, sólo 650 sobrevivieron al Holocausto.

         No fue el caso de Czeslawa: ella y su madre llegaron al campo el 13 de diciembre de 1942. La madre, Katarzyna, murió el 18 de febrero de 1943. Ella le sobrevivió tres semanas, hasta el 12 de marzo.

         Su estampa temblorosa, dolorida, aunque llena de fuerza y dignidad, se yergue ahora para mirarnos a los ojos y decirnos lo que sucedió en aquel campo y en muchos otros. Quiénes fueron los asesinos, a cuántas personas asesinaron, de qué maneras lo hicieron… dejando sin respuesta una última pregunta: por qué lo hicieron. ¿Por qué?

 

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