Tambacounda

            La mujer se abrió paso entre la multitud que se arremolinaba a veinte metros de la barrera militar. Era una madre joven con la piel muy negra, el pelo rizado hasta lo imposible, las facciones hermosas y el porte decidido, aunque hacía solamente una semana que había dado a luz y llevaba dos días sin comer. Una africana negra y pobre, como tantas otras, abandonada por su marido, acostumbrada a ser maltratada desde que aprendió a gatear y dispuesta a salir adelante un día más aunque sólo fuera por el pequeño fardo negro, hermoso y calentito que llevaba bien protegido en un pañuelo atado a su pecho.

            Hurtando el cuerpo para meterlo por las rendijas estrechas de aquella masa de gente, repartiendo algún que otro codazo, protegiendo con ambas manos a su hijo recién nacido y fingiendo que no oía los piropos de los hombres ni las amenazas de las mujeres, logró llegar a la primera fila de la marabunta de desdichados que rogaba, lloraba y amenazaba en voz baja.

            La barriada se llamaba Mandela III, y era uno de los amontonamientos de refugiados que rodeaban como espuma sucia la ciudad de Bakel, en la frontera entre Senegal y Mauritania. Un infierno de cañizo, maderas, lona y planchas de metal rodeada de desiertos por todas partes menos por el flanco que limitaba con la red de fábricas, depósitos, tuberías, chimeneas, vías de tren y estanques contaminados de la InPro.

            El único alivio que tenía la barriada era un pequeño curso de agua increíblemente clara y fría que nacía de algún acuífero proyectado hacia la superficie por algún capricho de la geología. Un arroyo que permitía hacer acopio de agua para beber, cocinar, lavarse e incluso plantar algunas plantas con las que acompañar la dieta de harina y maíz descargada en camiones varias veces al mes por los soldados de la ONU.

            La muchedumbre murmuraba y se removía presa de la impotencia, la ira y el dolor. Un día antes, pese a las promesas que los delegados de InPro le habían hecho al alcalde y a los representantes de las diversas ONGs, una docena de operarios escoltados por un piquete de soldados habían empalmado unas tuberías a la parte inferior de un gigantesco silo de procesamiento de mineral y habían fijado con cemento, pivotes de hierro y alambradas, la boca de la conducción a uno de los ramales que alimentaba el arroyo, llenando la zona en un momento de un hedor ácido y sofocante. Las aguas se habían teñido de amarillo sucio; grumos de espuma se habían apoderado de las riberas cubiertas de cañas, quemando la piel de los vecinos que se estaban lavando en las orillas y provocando fiebre, vómitos y ataques de asma a los despistados que se habían atrevido a llenar sus garrafas de agua a pesar del cambio de color.

            La madre joven llegó a la primera fila y contempló la barrera que se interponía entre sus vecinos y las oficinas de la multinacional. Varias docenas de soldados con uniformes de camuflaje, botas altas de cuero, expresión hierática y fusiles en ristre la disuadieron de continuar avanzando. En su rabia, en su ingenuidad, había pensado que lograría explicar sus dificultades ante aquellas personas que se suponía que habían llegado a la comarca de Tambacounda para ayudar a su país a salir adelante. Con el apoyo de otros vecinos honrados y sensatos le pediría a los dueños de la factoría que vertiesen sus residuos en algún otro lugar que no fuera aquel arroyo. Ahora, al ver aquellos rostros idénticos, severos, inmóviles como si se hubieran quedado congelados tras sus gafas de espejo, la mujer suspiró con un inmenso desaliento. No había nada que hacer; se había quedado sin agua limpia como en su corta vida se había quedado sin tantas otras cosas. Debería resignarse a lavar a su bebé usando paños impregnados en el líquido pestilente, hervir el agua en alguna cacerola confiando en que parte del veneno se evaporase por efecto del calor, verle crecer convertido en un enfermo crónico… o bien marcharse de aquella barriada a la que había llegado siendo una niña y convertirse en una refugiada en cualquier otro lugar, siempre con el riesgo de caer en las garras de alguna mafia…

             –El agua es de todos –murmuró, mirando con rabia a los soldados fuertes, bien alimentados.

            –No te expongas, hija –le susurró una anciana pequeñita y encorvada, cogiéndola del brazo–. Hace media hora, en otra de las barreras mataron a un chico.

            La mujer miró con odio al cordón de soldados. Uno o dos captaron su mirada digna y asqueada pero la ignoraron como si fuera transparente, como al resto de sus vecinos. Alguno la repasó de arriba abajo deseándola desnuda, pensando que, si la jornada se daba bien y había disturbios y detenciones, aquella joven alta y bien proporcionada podría acabar la noche en un calabozo de su demarcación. Y, en tal caso…

            Desasiéndose de la mano pequeña y nervuda de la anciana, la joven madre siguió avanzando hasta la barrera. Debían darle al menos la oportunidad de que le expusiera las quejas al oficial que estuviera al mando de las tropas. Sintió un escalofrío al percibir el miedo de sus vecinos a la espalda, la hostilidad de los soldados que la contemplaban, algunos burlones, otros desafiantes. Sin duda su bebé notó la alteración porque se removió dentro del pañuelo y empezó a llorar. No llores –murmuró la mujer, sin dejar de caminar–; en este mundo, el que llora…

            En aquel momento pasaron tres cosas al mismo tiempo.

            Un oficial muy joven, con gorra de plato y una pistola en vez de fusil, alzó la mano con energía y le ordenó a la mujer que se detuviera.

            El bebé empezó a llorar fuerte, muy fuerte, como si le atravesara un inmenso dolor.

            La mujer sintió una punzada aguda en la cabeza; se le aflojaron los esfínteres y sintió la humedad tibia entre sus muslos. Aún logró formular un pensamiento: ¡Qué vergüenza!, antes de caer de rodillas gritando de dolor.

            Entonces el resto de la gente empezó a hacer cosas muy extrañas. Extrañas y dolorosas.

            El oficial de la pistola se llevó la mano detrás de la oreja, como si estuviera haciendo bocina para escuchar mejor; tuvo tiempo de verse los dedos completamente llenos de sangre. Balbuceó unas palabras que la mujer no fue capaz de escuchar, hundida como estaba en su propio dolor. Luego cayó al suelo soltando el arma.

            Los soldados que protegían la entrada a la factoría cayeron al suelo a plomo como si acabasen de aspirar algún narcótico. Uno o dos quedaron a cuatro patas, respirando ruidosamente y escupiendo hilos de sangre. Algunos patalearon o se dieron manotazos impotentes sobre el pecho, tratando de obligar a los pulmones a que siguieran trayéndoles aire puro. La inmensa mayoría se quedó inmóvil en el punto exacto en que habían caído, muertos en el acto.

             La mujer sentía como si dentro de su cabeza hubiera eclosionado el huevo de algún animal monstruoso; como si una araña diminuta hubiera depositado millones de semillas en lo más profundo de su cerebro y las larvas estuvieran abriéndose camino hacia la superficie, devorándolo todo a su paso.

El bebé lloraba más y más; la mujer apoyó las palmas de la mano en aquel asfalto negro y rugoso como la piel de una anciana y cabeceó con frenesí, tratando de expulsar aquel dolor. Hacía pocos días que había sentido los dolores inmensos de su primer parto, en cuclillas en el interior de su chabola y agarrándose con uñas y dientes a una cortina sucia y remendada; aquello era lo mismo, la sensación de un objeto extraño alojado en lo más profundo de su ser, que amenazaba con hincharse más y más hasta partirla en dos a menos que lograra sacarlo de su interior. Sólo que aquel objeto no iba a salir por ningún canal natural; el horror inesperado que parecía estar fermentando en su cráneo quería salirle por ojos, orejas, incluso por el interior del cuello, hinchándole la garganta como una mala infección.

            Logró permanecer a gatas pensando en que si caía al suelo aplastaría sin remedio a su bebé. Giró la cabeza como pudo y miró a su espalda. Hombres, mujeres y niños se retorcían en el suelo. Algunos aún permanecían de pie sostenidos por la presión de la muchedumbre, pero sus ojos bizcos, su lengua violácea, los regueros de sangre que manaban de boca y nariz, indicaban que ya estaban muertos, a punto de ocupar la pequeña porción de suelo en la que ya se quedarían durante el tiempo que tardasen en descomponerse y regresar a la tierra. La anciana que le había pedido que no se enfrentase a los soldados estaba de rodillas, vomitando un hilo tenue de sangre y bilis. Mientras la joven madre la miraba, la vieja bizqueó de un modo horrible y cayó de lado. Una burbuja de espuma roja salió de entre sus labios amoratados y estalló con un chasquido.

            La mujer hurgó en el pañuelo que cobijaba a su bebé. Su hijo había dejado de llorar y respiraba con dificultad. Ignorando el desastre que se estaba cerniendo a su alrededor se desató el pañuelo, lo dobló en dos e improvisó un colchón para que el cuerpecillo delicado del niño no entrase en contacto con aquel asfalto duro y ardiente. Su propia cabeza, aún dolorida e hinchada pero bastante más aliviada, sirvió de protección dándole sombra al bebé. Luego se escupió en la palma de la mano y humedeció la frente, las sienes, el pecho del niño.

            Al otro lado de la alambrada empezó a ulular una sirena. La mujer permaneció inmóvil, dándole sombra al pequeño, soplándole en la cara para refrescarle y rezándole al dios de los blancos y a los que le habían enseñado sus vecinas de mayor edad, hasta que el bebé le recompensó con una sonrisa.

            Una sonrisa que fue correspondida.

            Finalmente logró ponerse en pie, acomodó nuevamente a su hijo en su regazo y miró alrededor. Tanto sus vecinos como los soldados yacían muertos en el suelo, muchos de ellos envueltos en pequeños charcos de sangre, orina o excrementos en los que ya empezaban a posarse las moscas.

            El oficial que le había dado el alto estaba tumbado boca arriba junto a la rueda de un jeep. A la mujer le pareció que todavía respiraba débilmente pero no se detuvo a comprobarlo. Alargó una mano temblorosa hacia una botella de agua que algún soldado había dejado olvidada, la agarró con la rapidez de una cobra atacando a un ratón y bebió un sorbo largo de aquella agua aún fresca, deleitándose con el roce de sus dedos calientes sobre el plástico humedecido. Luego aproximó sus labios a la boca diminuta de su bebé y le insufló un sorbito delicado.

            Le dio la espalda a la factoría y alzó la mirada más allá de sus vecinos muertos. A unos cien metros de allí, al otro lado del cauce del río, había una colina sucia de basuras, cubierta aquí y allá de matorrales resecos y espinosos. Más allá empezaban las chabolas; cubos de lata y de madera mal tapados por lonas de todos los colores, entre los que se extendían ristras de cuerdas con harapos puestos a secar. Había muchas más figuras, algunas vestidas con pantalones cortos, otras con los lienzos de colores de las mujeres, todas ellas tumbadas en las calles. Un par de perros huesudos contemplaban con interés a los muertos, metiendo el hocico aquí y allá guiados por algún inesperado olor a comida fresca. Mucho más lejos podía distinguir las fachadas altas, rectangulares y monótonas de los edificios del centro de Bakel. Estaba demasiado lejos para ver los miles de cadáveres que alfombraban calles, carreteras y jardines, pero pudo contar cinco columnas de humo negro provenientes de diversos puntos de la ciudad.

            Un quejido de su bebé le hizo reaccionar. Decidió alejarse de aquella fábrica ahora silenciosa, de cuyo interior sólo salía el rumor sordo de una máquina cuyo motor seguía funcionando sin control. Atravesó con cautela la piña de cadáveres tumbados en las posturas más diferentes, se acercó al río topándose con más cuerpos. Un anciano sentado a la sombra de una tapia en la posición del loto, una madre joven como ella tendida en medio del camino con una figura pequeñita tumbada junto a sus pies, un hombre caído debajo de una bicicleta oxidada junto a una caja de manzanas que había desparramado su contenido…

Tras mirar a su alrededor con ojos asustados, la mujer se agachó y devoró con ansia una manzana. Estaba blanda y caliente pero era la primera pieza de fruta que comía en mucho tiempo. Guardó otras tres en uno de los pliegues del vestido; luego se incorporó y salvó la corriente del arroyo pisando unos neumáticos inmensos que los vecinos habían hundido en el cauce tiempo atrás. La tubería que la InPro había instalado a varias decenas de metros de allí estaba ahora vacía; tan sólo un charquito de color marrón verdoso, remansado en la parte inferior de su boca, dejaba adivinar el líquido venenoso que habían estado vertiendo en las aguas que nutrían aquel remoto barrio de chabolas.

            Llegó a su barriada. Ahora los cadáveres tenían nombre, apellidos e historia. Caras conocidas, algunas amistosas y otras sencillamente familiares. Otros desheredados del mundo con los que había hablado en alguna ocasión. Ahora sí que lloró, mirando al cielo con los ojos arrasados de lágrimas, lamentando la desgracia que había caído sobre todas aquellas personas sin distinguir entre la gente buena y la malvada.

            Y hablando de gente mala…

            La casa del marroquí era la más lujosa de toda la barriada. Una auténtica vivienda con paredes de ladrillo, ventanas de cristal y tejado de uralita en medio de aquellas chozas hechas con lata, madera y cartón. Tenía incluso un grupo electrógeno que hacía funcionar un televisor y media docena de bombillas embutidas en lámparas de verdad. Y también tenía un Mercedes y una moto Yamaha en un mundo en que los hombres, las mujeres, los niños y los viejos se veían forzados a hacer cinco o seis kilómetros andando cada mañana para ir a trabajar.

            Y también tenía una nevera con comida y bebida fresca.

Tras vencer sus recelos –pues todos en Bakel sabían que aquel hombre tenía a sus órdenes a decenas de sicarios que traficaban con drogas, armas, alcohol y prostitutas–, la mujer se acercó a la puerta principal de aquella casa y la encontró abierta. Se asomó temblorosa; si alguien la sorprendía pensaba decir que había venido buscando ayuda, porque el señor era la persona más poderosa de toda la ciudad…

El marroquí estaba muerto en el vestíbulo de su casa, sentado encima de un charco de orines, con un ojo cerrado y el otro abierto y lleno de sangre. La muerte repentina y dolorosa le había desposeído de todo su poder y le había convertido en un viejo mal afeitado y barrigón.

            La mujer suspiró al notar el frescor relativo que encerraban aquellas paredes gruesas y bien trazadas. Entró en la habitación principal con paso decidido, sabiendo adónde iba; poco tiempo atrás, una amiga suya que había sido amante del marroquí durante algunas semanas le había explicado con todo lujo de detalles lo que había dentro de aquella casa, y dónde estaba.

            El mueble era alto y estrecho, de color blanco y con una palabra de letras doradas, hermosas, que la mujer no pudo descifrar porque no había aprendido a leer: Kelvinator. Se recreó unos instantes apreciando la belleza de aquellas formas rectas y curvas, que parecían unas joyas en sí mismas; luego abrió la puerta y sonrió.

            Allí dentro hacía frío, mucho más frío del que la mujer había sentido en sus veintipocos años de vida. La nevera estaba encendida, conectada a un grupo electrógeno que funcionaba las veinticuatro horas del día. Con risas entre avergonzadas y triunfales, su amiga le había contado que al marroquí le encantaba desnudarla y luego dejarla unos momentos junto a la puerta abierta de aquel mueble para que se le endurecieran los pezones. Después le había explicado la cantidad de comida que había en el interior. La mujer la había escuchado con tristeza; ella estaba en los huesos, con una barriga que no dejaba de crecer y a la que había que alimentar de alguna manera. Jamás se le habría ocurrido convertirse en la amante de un tostado, de alguien que tuviera aquella piel descolorida y de aspecto enfermizo, tan diferente del bronce negro y lustroso de los hombres de su país; pero aquella noche, mientras hurgaba en las aguas del río buscando algún cangrejo que le hubiera pasado desapercibido a los demás vecinos, se había planteado si no valdría la pena dejarse endurecer los pezones por aquel viejo a cambio de un plato de comida, aunque sólo fuera por el hijo que iba a nacer.

            Ahora toda aquella comida estaba al alcance de su mano. La prudencia la empujaba a marcharse de allí antes de que aparecieran otros soldados, que posiblemente se podrían creer que había sido ella la que había matado al marroquí; pero el hambre fue más poderosa. La suya y la de su hijo, que se había desenganchado de su pecho y se había puesto de nuevo a llorar. Hurgó en aquellos anaqueles de plástico liso y suave y dispuso algunas cosas sobre la mesa de madera. Queso de cabra, carne de cabra, más manzanas. Cogió una botella que contenía un líquido transparente, le quitó el tapón y olisqueó con precaución, arrugando al momento la nariz. Ella no bebía alcohol desde que era una mocita que tonteaba en las fiestas de la barriada coqueteando con los hombres. La segunda botella tenía agua; dio un primer trago largo, luego otro, sorprendida por el sabor particular del agua helada. Parecía que nunca se iba a saciar. Finalmente dejó la botella sobre la mesa, tosiendo y riendo de felicidad, y echó un buche sobre la cabecita de su hijo.

            En un rincón de la cocina había una pila de paquetes envueltos con papel oscuro, a los que la mujer no se acercó. Sabía perfectamente que contenían la heroína con la que el marroquí hacía gran parte de su fortuna, compartiendo parte de sus ganancias con los oficiales de la zona e incluso con algunos capataces de la factoría InPro a cambio de que hicieran la vista gorda. Y también sabía perfectamente que muchos de sus vecinos habían acabado convertidos en peleles enfermos a causa de aquellos polvos que, al principio, daban la falsa sensación de evadirse de las penas del mundo. Cogió en cambio un saco de arpillera y lo llenó de alimentos, tanto de la nevera como de la despensa sin ventanas que se abría al otro lado de aquella habitación.

            Salió de la cocina dispuesta a marcharse de una vez de aquella casa; pero aún hizo una última parada.

            Había una pistola encima de un aparador de madera oscura, junto a la puerta del salón. La mujer no había empuñado un arma en toda su vida pero sabía más o menos lo que había que hacer para que pudiera disparar. Todos en aquella barriada tenían una idea aproximada; hasta los niños. La cogió con firmeza, miró con atención las palanquitas que sobresalían del cuerpo del arma y las accionó arriba y abajo, teniendo la precaución de alejar de sí y de su bebé aquel cañón negro y tan vacío de sentimientos como la propia Muerte.

            Antes de salir de aquella casa, y de abandonar aquel cementerio de pobres para siempre, la mujer se calzó unas sandalias que alguna visita femenina había dejado apoyadas en la pared.

            Luego se guardó la pistola entre los pliegues del vestido, comprobó que su bebé estaba cómodo, fresco y protegido del sol, y se alejó de allí.

Tambacounda

(descarte de El Flash)

Port Notamos Flash.png

Book-tráiler “Notamos un Flash”

@antoniombeltran

Y si quieres leer algo más… #CrudosSuciosSangrientos

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