Continuidad de los papeles

 

 

1

            Un estudiante de Notarías de Bermeo llamado Ignacio Arregui se lió un 3 de marzo la manta a la cabeza y empezó a compaginar sus trece horas diarias de estudio con la lectura de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, si bien por necesidades de la oposición tuvo que limitar tan edificante lectura a los ratos de paréntesis fisiológico en el cuarto de baño. El mismo 3 de marzo le cogió a su padre el Tomo I de la Primera Serie, la que comienza con la vida de un grumete en Trafalgar, y al año siguiente, por las mismas fechas, ya había alcanzado Aita Tettauen.

            Tras suspender el primer ejercicio, el joven suspendió a su vez sus lecturas en el WC, pero con el paso del tiempo volvió a las andadas. De manera que el 28 de septiembre de aquel año no, del de después, una semana antes de volver a presentarse a los exámenes remató la obra del canario derramando lágrimas de emoción en las que quizás hubiera algún pellizco de remordimiento.

            Comoquiera que en toda aquella odisea había estado acompañado por el mismo trocito de papel higiénico que había usado como marcador desde el Tomo I, y tal vez por un afecto inconsciente hacia el objeto que, después de haberse convertido en indispensable, iba a perder su razón de ser e incluso su individualidad, y además de una manera tan poco digna, en vez de arrojar el papelito a la taza del váter el estudiante decidió tener su rasgo de audacia, semejante a los héroes cuyas hazañas había repasado con todo el alma, aunque con los pantalones por los tobillos, e hizo que le plastificasen el marcador en la papelería de su barrio, con una inscripción que decía algo así:

ESTE PEDAZO DE PAPEL

SE LEYÓ CONMIGO

TODOS LOS EPISODIOS NACIONALES

DE PÉREZ GALDÓS

3-III-2001 / 28-IX-2003

            Aquella heterodoxia fue el principio de su ruina, ya que su prometida se espantó al ver aquel papel higiénico colgando de una de las paredes de su habitación igualando en categoría a una autofoto de la pareja en la que ella estaba especialmente arrebatadora; su propio padre, descubriendo de repente en qué había perdido el tiempo su hijo en vez de sacarse la oposición, le retiró la paga, por lo que el joven tuvo que ponerse a limpiar coches en un lavadero, primero los meses de verano, luego durante todo el año.

            Tiempo después, elevado al grado de encargado del lavadero en el turno de la tarde, casado con otra chica y con cuatro hijos, el antiguo opositor todavía suspiraba de emoción recordando los amoríos de Confusio, el escondite de Godoy, los cañonazos de Trafalgar, lo puta que era Isabel II… y las tardes de lluvia, refugiados los tres empleados y él en el interior del túnel apagado, les contaba mil y una anécdotas que a todos daban mucho que pensar, y tantas veces que reír.

2

            Un cronopio leyó en el cuarto de baño todas las obras de Julio Cortázar. Así, sentado, deseó a la Maga, se indignó con la casa tomada, odió a los milicos, añoró ser amigo de Taunus, se bañó en la sangre de la guerra florida, aprendió cómo subir una escalera. Al final del último libro echó al retrete el pedacito de papel higiénico que había utilizado como marcapáginas, y ahí fue Troya, amigo mío. Porque de la taza del váter empezó a manar un agua rosa, amarilla, naranja, verde, que se deshacía en espuma y crepitaba cantando La Marsellesa, Frère Jacques y El corro de la patata, todo el pasillo lleno de ríos de oro que bajaban las escaleras en cascada, cinco pisos, charcos con el color de las fogatas en las cuevas, de los arco iris en mil tonos de gris, de los espejos abandonados entre las rocas de la isla de Pascua, así hasta llegar al portal, qué disparate.

            El pobre cronopio pasó una noche en el cuartelillo, a la mañana siguiente su casera le echó a la calle, perdió una entrevista de trabajo fundamental, y con ella la ocasión de encontrar a la mujer de su vida, que ocupaba la mesa de la izquierda. Acabó suicidándose en un miserable túnel de lavado, ahogado, golpeado por los rodillos, envuelto en jabón, lo que de rebote hizo perder su empleo al encargado letraherido que coordinaba el turno de tarde del lavadero.

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